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viernes, 12 de octubre de 2012

APORTES DE LA IGLESIA CATÓLICA A LA CONSTRUCCIÓN DE UN MODELO DE FAMILIA CRISTIANA



El proceso de construcción de un modelo de familia, desde el Catolicismo, encuentra sus orígenes en  una tradición más antigua, que posee  en si misma todo un proceso histórico y cultural. Los primeros cristianos, procedentes del judaísmo, poseían una organización social y familiar, basada en el culto a YHWH. La familia por tanto tenía el deber de continuar la obra procreadora y educadora de Dios, a través de la trasmisión de la vida y las enseñanzas de Moisés, contenida en la Thorá. Esta influencia es la que genera en la naciente religión, un modelo único y con una organización más, desde el  desarrollo familiar y nacional, que individual. Es en la familia, donde el cristianismo encuentra su inicio y pronto auge como portadora de una nueva visión del mundo, la cual era aceptada por la cabeza “El padre” y por tanto acogida por los demás miembros de la familia; a diferencia de otras, que poseían una serie de creencias y de dioses, la familia cristiana se organizaba en torno a la tradición judía, en la creencia de un Dios todopoderoso, único y señor de todo y en la convicción de anunciar a través del mismo testimonio y la predicación una nueva esperanza, en un Dios que se hace hombre y redentor de la humanidad, poco atractiva y confusa tanto para el mundo judío como el mundo griego y romano “Así, mientras  los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”[1].
A través del desarrollo histórico de la Iglesia, se fue extendiendo un modelo de familia, propio y con características que lo diferenciaban del modelo de familia judía. La predicación del amor como mandamiento indispensable para alcanzar de Dios la salvación, llevó a las familias cristianas a poseer una organización semejante a la Iglesia universal; por lo que se constituyeron en Iglesias domesticas, las cuales tenían como objetivo la generación de nuevas vidas y la educación de  estas. En diferentes concilios y encíclicas, la Iglesia ha estructurado desde las enseñanzas propias del Cristianismo, una familia a imagen del amor que Cristo tiene por la Iglesia, que constituye una entrega absoluta, hasta entregar la vida “Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí misma por ella”[2].  

Tanto el matrimonio como la familia, surgen como fruto de una vocación innata y a la cual se encuentra llamado todo ser humano, “El amor”. Al encontrarse la familia inspirada en la relación que Dios tiene con la Iglesia y cuya razón de ser es el amor, aquellos que la conforman partiendo desde la relación entre los esposos, deben actuar desde la libertad y el autodominio, por lo cual el amor entre los esposos se constituye un darse al otro, un don de Sí mismo, en la comunión con Dios y con los demás. Ante lo cual, los esposos se encuentran en la necesidad de estar en común-unión con el otro, es un darse al otro de manera recíproca, por lo cual el esposo se da a su esposa y la esposa se da a su esposo en lo que llama  la tradición cristiana ser una sola carne “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne[3]. Es esta entrega recíproca entre los esposos,  la que permite en la constitución de una familia cumplir el deber de generar y educar nuevas vidas, es aquí donde  se evidencia la comunión entre los esposos, en una unión que se  realiza a través del amor que se tienen y se le trasmite al otro, como unidos en un objetivo común tanto para el esposo como la esposa, la construcción de una familia. Por lo cual el hombre se realiza a sí mismo a través de la entrega total y humana, hacia su esposa, de esta forma la mujer no puede convertirse en un objeto de dominio y de posesión masculina; la mujer no está para la satisfacción sexual, es el hombre quien debe dar el amor a su mujer, en una entrega total y desinteresada, no se tiene una mujer como objeto de goce, sino que el esposo debe reconocer la dignidad tanto cristiana y humana que posee “En todo caso, también vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo…”[4].

El carácter espiritual y sagrado del matrimonio y la familia cristiana, se encuentra en la representación de estos como un signo visible de una realidad invisible, un sacramento. El sacramento del matrimonio expresa la acción de un Dios invisible, que se manifiesta a través del amor de los esposos, los cuales mediante su cuerpo (visible), que constituye el acto conyugal, manifiestan la entrega que Dios hace al hombre, de su verdad y amor,   lo que constituye una  realidad espiritual, trascendente y divina, que une al hombre (material, corporal) a Dios (espiritual, divino), por tanto, el amor conyugal, se presenta como un acto que parte de lo tangible y experienciable para el hombre,  la sexualidad, y manifiesta lo intangible e inalcanzable para el hombre, a Dios. La consideración de la sexualidad como una realidad sucia, pecaminosa o como un mal necesario, no se encuentra en el orden de lo cristiano, si no que expresa la influencia de elementos maniqueistas en la forma de comprender y vivir la sexualidad los católicos y occidentales “Solamente la abolición de la sexualidad y la separación absoluta de los sexos provocarán la ruina definitiva de las Tinieblas, el final de su reino maléfico”[5], que no representa la moral católica, este pensamiento es rechazado por la Iglesia Católica, al considerar una realidad de carácter divino y humano como algo, contrario a Dios, es por tanto la sexualidad un don de Dios, y manifestación de su verdad y amor.


Para la tradición católica, la familia se constituye a través de la unión de un hombre y una mujer, y los hijos como fruto de esta comunión. Al estar inspirada en la relación de Cristo y la Iglesia, el matrimonio y la familia católica, no puede estar conformada por dos personas del mismo sexo “No te acostarás con varón como con Mujer: es una abominación”[6],  “Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una abominación…”[7]. Cristo, que nació de la Virgen María, como verdadero hombre “Varón”, es signo del esposo, el cual es de género masculino. El amor de Cristo, es por tanto amor de esposo y se convierte en prototipo  de todo amor humano, en especial del amor con el que deben los hombres (varón) amar a sus esposas, el mismo amor con el que Dios amó a Israel,  signo del amor masculino, en el que la mujer recibe de su esposo el amor, y así  ella pueda amar  a su vez, en un acto de reciprocidad. Continuando esta misma comparación o mejor este signo del amor de Dios a su Iglesia y la humanidad, manifestado  en  el matrimonio y la familia; todos los seres humanos son  receptivos de este amor y lo comunican a los demás, y regresa esta experiencia de amor a aquel que amo primero (Dios). El hombre (varón) comunica el amor a su esposa y esta a su vez en la experiencia de este amor lo comunica a su esposo, a sus hijos y a los demás. Es así que en la dinámica familiar, es el esposo el que está llamado a amar primero “Me has robado el corazón, hermana mía y novia mía, me has robado el corazón con una sola mirada, con una vuelta de tu collar”[8],  a donarse a Sí mismo, y la esposa es por tanto la amada “Yo soy para mi amado objeto de su deseo”[9].


 A través del  acto de asumir la sexualidad de cada uno, el esposo lo masculino y la esposa lo femenino, se llega a la unión, en el que se complementan cada uno desde su sexualidad, que hace verdadera  y efectiva, la generación y educación de los hijos. Todo este acto de amor mutuo, de amar en la libertad de ser cada uno sí mismo,  el cual brinda armonía en la relación entre los esposos, repercute en un sano desarrollo y educación  de los hijos. Al ser un acto mutuo y libre, excluye todo tipo de sumisión, la mujer no puede ser considerada una esclava o un objeto, sino que en la unión se complementan y  ayudan mutuamente, en una donación, o entrega libre, como si se tratara de una sumisión mutua, en la que el hombre da a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. La disposición del cuerpo en esta sumisión, no se encuentra en la administración individual y egoísta de cada uno;  de esta forma la mujer no dispone de su cuerpo, es su marido quien dispone de este, de igual forma el marido no dispone de su cuerpo, es la mujer quien dispone del cuerpo de su marido, parecería un acto posesivo, pero es en realidad lo que constituye una verdadera entrega en la que se poseen mutua y libremente. La administración del cuerpo del otro lleva a cada uno, esposo y esposa a reconocer las propias limitaciones, expresadas en la humildad y el respeto hacia el otro, se convierte en un ejercicio de amor cristiano día tras día, en el que lo distinto del otro, no se puede convertir, ni considerar como una dificultad o un problema, por lo cual la comunión no equivale a una igualdad de puntos de vista, sino el complementarse en la diversidad, en un verdadero acto de amor. Es  a través de este amor, que  los padres llevan a cabo su misión de generar y educar nuevas vidas, el cual se manifiesta en la medida que asuman su rol y funciones dentro de la familia "Desde el primer momento, los hijos son testigos inexorables de la vida de sus padres. No os dais cuenta, pero lo juzgan todo, y a veces os juzgan mal. De manera que las cosas que suceden en el hogar influyen para bien o para mal en vuestras criaturas. Procurad darles buen ejemplo, procurad no esconder vuestra piedad, procurad ser limpios en vuestra conducta: entonces aprenderán, y serán la corona de vuestra madurez y de vuestra vejez. Sois para ellos como un libro abierto"[10], los hijos necesitan para su integro y sano desarrollo de las dos figuras (padre  y madre) “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la exhortación según el señor”[11].  El deber de los padres de educar a sus hijos, debe estar guiado e inspirado en el amor vivido y experimentado en la relación conyugal, a través del afecto y la ternura, de quienes constituyen el fruto de su amor, sin descuidar los llamados al orden y las correcciones, la cual es una tarea mutua y solidaria; la educación de los hijos es por tanto un compromiso compartido en el que participa tanto el padre desde su lugar de cabeza de la familia, como la esposa como ayuda y complemento adecuado en la dinámica familiar.

Para  la Iglesia Católica, la mujer cumple un doble papel  en la familia, ser madre y esposa. La maternidad es por tanto considerada como la apertura a la nueva persona, en la cual  la madre es parte especial y fundamental del desarrollo de su hijo, donde el padre queda como deudor con la madre, al ser ella quien asume la gestación y los cuidados postparto, pero en este doble papel de madre y esposa es donde la mujer encuentra su plenitud, en la disponibilidad de donarse sinceramente a sí misma, en el amor a su esposo y en la crianza de los hijos.

El hombre por su parte, cumple el doble papel de padre y esposo, con el deber de dar el amor a su esposa y saldar la deuda que tiene con ella en el momento de gestar a los hijos. El auténtico amor conyugal exige al hombre profundo respeto  por la igual dignidad de la mujer, por tanto, basado en las enseñanzas de San Ambrosio, “el hombre no es el amo de su mujer, sino su marido, por lo que no se la ha sido dada como esclava sino como mujer[12]”. Así, a  través del amor a su esposa y el amor a sus hijos, el hombre puede comprender y realizar la paternidad, en garantizar el desarrollo unitario de cada uno de todos  los miembros de la familia.  El padre está llamado a romper la simbiosis del hijo con la madre, en ayudar al hijo a ser adulto, al sostenimiento y acompañamiento de la mujer desde el parto.

En lo que respecta a los hijos en el modelo de familia cristiana, poseen desde el momento de la gestación, la dignidad de hijos de Dios y personas humanas, los cuales deben ser educados en la ley de Dios, a través de la propia obediencia de los padres; estos no son dueños de los hijos, sino, que son realmente colaboradores de Dios en la generación de los hijos que él les quiera conceder.
Finalmente, esta forma de entender y constituir la familia es vivida por muchos católicos en el mundo, guiados por el deseo de poseer una familia acorde a la enseñanza de la Iglesia. La mayor parte de estas familias, surgen de los nuevos movimientos y comunidades que Dios ha concedido a la Iglesia, como el Camino Neocatecumenal, el Opus Dei, la Renovación Carismática, entre muchos otros, frutos de la renovación de la Iglesia en el Concilio Vaticano II. La experiencia de esta realidad en el Camino Neocatecumenal   es de las más representativas, así como la Iglesia surgió de las familias judías que se convertían al cristianismo a través de la predicación de los apóstoles y luego ellos continuaban esta obra, el Camino Neocatecumenal rescata esta tradición y es a través de la familia y la trasmisión de la fe a los hijos, que se vive la experiencia de la fe, de los sacramentos, de Dios mismo. Estas familias se encuentran constituidas por Papá, Mamá e Hijos, quizás pueda parecer algo común, pero lo característico de estas familias está en la estructura y organización del grupo familiar en el que los padres asumen su papel y función, sin perder su lugar, y en el gran número de hijos  que poseen, algunas pueden tener hasta 15 hijos o más, y en medio de su experiencia de fe ser capaces de irse en lo que constituye para el Camino Neocatecumenal, las familias en misión, familias que con sus muchos hijos, con sus limitaciones y con las dificultades características de toda familia, lo dejan todo y se van a otros países a anunciar el evangelio a través del testimonio, estas familias surgen como verdaderos signos, modelo y ejemplos de lo posible que es vivir acorde a la fe, propia del catolicismo, muestran al mundo que si es posible, son realmente signo visible de una realidad invisible, necedad para los mas inteligentes, escándalo para los mas religiosos, "Iglesia Santa de Dios, tú no puedes hacer tu misión, no puedes cumplir tu misión en el mundo, si no por la familia y su misión. Yo pienso que vosotros como familias itinerantes, neocatecumenales, hacéis lo mismo, siendo la finalidad de vuestra itinerancia llevar a cualquier parte, en los ámbitos más descristianizados el testimonio de la misión de la familia. Es un testimonio grande, humanamente grande, cristianamente grande, divinamente grande porque tal testimonio, la misión de la familia, es inscrita por fin en el surco de la Santa Trinidad"[13]



[1] BIBLIA DE JERUSALEM. 1 Corintios 1, 22 – 25. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005. Pág. 1674.
[2] BIBLIA DE JERUSALEM. Efesios 5, 25. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005. Pág. 1718.
[3] BIBLIA DE JERUSALEM. Génesis 2, 24. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005. Pág. 16.
[4] BIBLIA DE JERUSALEM. Efesios 5, 13b. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005.  Pág. 1718.
[5] PUECH, Henri-Charles.  SOBRE EL MANIQUEISMO Y OTROS ENSAYOS. Mayo: Ediciones Siruela. S.A.  2006. Pág. 31
[6] BIBLIA DE JERUSALEM. Levítico 18, 22. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005. Pág. 142.
[7] Ibíd. Levítico 20, 13. Pág. 144.
[8] BIBLIA DE JERUSALEM. Cantar de los cantares 4, 9. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005.   Pág. 826.
[9] Ibíd.  Cantar de los cantares 7, 11. Pág. 830.
[10]ESCRIVÁ DE BALAGUER, San José María, La Educación de los Hijos.  (Documento electrónico en línea): http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/la-educacion-de-los-hijos
[11] BIBLIA DE JERUSALEM, Efesios 6, 4. Bilbao: Desclée de Brouwer, Tercera Edición 2005. Pág. 1718.

[12] JUAN PABLO II, Papa.  Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.  (Documento electrónico en línea): http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio_sp.html
[13] Juan Pablo II,  Papa. Discurso a las familias en misión.  College International Redemptoris Mater – Strasbourg, 1998.  (Documento electrónico en línea): http://www.redmatstrasb.com/esp/benoit_esp.html 

lunes, 8 de octubre de 2012

“Humanae Vitae” Amor conyugal, paternidad responsable y regulación de la natalidad.


Tres años después del Concilio Vaticano II, en el año de 1968 el Papa Pablo VI promulga la encíclica Humanae Vitae, como respuesta a distintos temas acerca de la familia, el matrimonio y la sexualidad, que se venían trabajando en la comisión iniciada por el Papa Juan XXIII en el año de 1963. La encíclica dedica sus páginas a tres temas específicos, los cuales generaron grandes controversias dentro y fuera de la Iglesia, el amor conyugal, la paternidad responsable y el más controversial de todos, la regulación de la natalidad. Con la llegada de la sociedad moderna, muchas familias se enfrentaron a distintos problemas que impedían el cumplimiento de los preceptos católicos o no sabían cómo responder ante ellos. Otros en cambio ante el aparente silencio que mostraba la Iglesia ante estos temas, fueron manifestando comportamientos contrarios a la unidad de la familia y del matrimonio. Los constantes divorcios, la infidelidad, el aborto, las relaciones sexuales fuera del matrimonio y los embarazos no deseados como resultado de estas, entre otros fenómenos, impulsaron al Papa Pablo VI  al abordaje de estos grandes temas que bien fueron recibidos por algunos como una ayuda ante situaciones que no sabían cómo enfrentar desde su fe y por otros como de un intento de la Iglesia por normativizar la libertad sexual, fruto del modernismo y la secularización. Ciertamente estos fenómenos surgen en la familia y desestructuran a esta, por lo que se hace necesario abordar los aportes y la influencia que tuvo esta encíclica en el modelo de familia tradicional, en Colombia y en el mundo, especialmente en aquellas familias que conservaron su catolicidad y se enfrentaban a factores como la crisis económica, el sobre poblamiento, la disminución de los recursos, las medidas radicales que utilizaban los gobiernos para enfrentar estas problemáticas, que se convirtió para las familias tradicionales en una problemática por sí misma, la falta de trabajo, de viviendas dignas, las dificultades de brindarles educación a los hijos, y de mantenerlos, especialmente si eran muchos hijos, lo que generó en muchas familias,  aquellas que preferían mantener su catolicidad un enfrentamiento entre lo que es bueno para la Iglesia y lo que debían hacer para sobrevivir en un mundo moderno, “En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres”[1]. Esta encíclica pretende dar respuesta a estas dificultades, aunque no una solución, al menos si busca orientar a las familias católicas referente a lo que es bueno y lo que es contrario a los principios cristianos, a través del ejemplo que durante siglos han brindado las familias.
La encíclica Humanae Vitae, aborda las principales problemáticas que afectan a la familia en el contexto de la contemporaneidad, desde el aspecto más característico y fundamental del matrimonio, el amor conyugal”. De este depende la solución  sana o las diferentes problemáticas que se presentan en el interior de la familia. No se puede pensar en una familia desde el modelo cristiano en el que no exista el amor entre los cónyuges como requisito indispensable para la consecución de un pleno  desarrollo de esta, ya sea desde lo personal o lo colectivo. La familia nace del amor entre un hombre y una mujer, del cual surgen los hijos como resultado de su vínculo, este debe ser recíproco, pleno y totalmente gratuito.   La Iglesia plantea que esto solo es posible a través del Matrimonio, el cual basado en la doctrina surge como institución de carácter divino y humano. Divino porque se participa en la obra creadora de Dios como continuadores de la creación a través del amor, por lo que la procreación y la transmisión de la fe adquiriere  un carácter sagrado, es el resultado de la participación de los esposos en la obra creadora y redentora de Dios. Por lo que el matrimonio es considerado no como un simple acuerdo entre partes, “…es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor.”[2] En este no solo  se busca el desarrollo personal, la satisfacción de los deseos del individuo, trasciende la búsqueda egoísta del placer a través del otro como un objeto sexual, encuentra su perfección y punto de partida en un amor que posee ciertas características que lo hacen diferente, único e indisoluble. Para la Iglesia el amor debe ser inicialmente recíproco, en el que las partes se donen unos a otros, se entreguen constantemente en el perfeccionamiento y la felicidad del otro, como meta y expresión del amor que se siente. “…tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal[3]. Llenar el vacío del otro con la completud del amor que se siente, que se demuestra y se expresa en la vida familiar, comprendiendo, apoyando, corrigiendo y sobre todo acompañando a la pareja en todo y cada uno de los momentos de su vida, lo que le falta a uno lo posee el otro que se lo brinda solo por amor. Este acto de reciprocidad propio del amor que deben expresarse los esposos en el matrimonio, lleva a colaborar con Dios en la generación de nuevas vidas, si existe un amor abnegado, totalmente gratuito, una donación constante y desmedida del uno hacia el otro, permite en los esposos la idea del fruto de su amor, el anhelo de otro que surge de los dos y que viene a ser para el matrimonio la plenitud del amor, este otro viene a ser una sola carne. Pero el acto de colaboración con Dios y el fruto del amor conyugal no terminan en la procreación, con esta surge la necesidad de educar a los hijos, de transmitirles los conocimientos necesarios para la estructuración de la personalidad y el desarrollo integral, de orientarlos en cada etapa de su vida, de conservar cada uno el rol que poseen dentro de la familia del cual depende inicialmente el sujeto de los primeros modelos del cual parten para formar su propia estructura.
La segunda característica que destaca la Humanae Vitae del amor conyugal  es que este amor es plenamente humano.  Por lo tanto es sensible y espiritual, no se puede pensar en un amor idealizado, que no siente, que no vive, en el cual se tiene una idea fantasiosa del otro. En este amor se vive la necesidad de demostrar al otro lo que se siente, lo cual solo puede percibirse  a través de los sentidos. Por lo que los esposos no pueden descuidar el demostrarle al otro el amor, ni ignorar que el otro es una persona que siente, que se puede entristecer, alegrar, pero ante todo que necesita de la atención y la dedicación de su cónyuge para poder sentirse pleno, correspondido, apoyado y sobre todo amado. No basta con pensar que el otro ya sabe lo que siento o se lo imagina, es necesario hacer uso de los sentidos para exhibir aquello a lo que solo puede acceder quien lo experimenta, por tanto un amor “Destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana”[4]. De esta forma este no es una satisfacción pulsional, surge de un acto de voluntad libre. A diferencia de los animales la unión surge de un acto de carácter humano, en el que no se une por el encontrarse en celo la hembra, sino que se llega a una entrega libre, en la que las partes deciden  estar juntos, y de esa forma acceder a una nueva vida, que consiste en estar con otro, en compartir con él, en entregarse a él sin ningún interés egoísta, sino en busca de hacer feliz al otro, esta característica es fácilmente evidenciable en el noviazgo, en el que  se busca hacerle saber al otro lo que se siente, conquistarlo a través de detalles, de poemas, canciones y sobre todo con caricias, palabras llenas de halagos y fantasías que llevan a soñar con un mundo ideal con el otro, en el que se le da todo y se recibe todo, en el que la meta se ha alcanzado, hacer feliz al otro, que tenga la certeza de que se tiene a la persona ideal. El amor por tanto debe ser un amor total, en el que se comparte todo, sin reserva alguna, siempre a través de la gratuidad y la certeza de que se da a alguien que hace parte de uno, sin llegar a cálculo alguno, no se ama por lo que se recibe, sino por lo que se es, por sí mismo, “…gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí”[5].
La siguiente característica del amor conyugal, puede ser considerada por muchos como una idealización, resultado de una ideación fantasiosa. Pensar en un amor fiel y exclusivo hasta la muerte, aparece para muchos como un pensamiento anticuado  e imposible. Estar en función de un supuesto amor libre, sin normas, ni interés alguno de entregarse al otro, de la promiscuidad, hacen imposible la fidelidad en las parejas y sobre todo la idea de estar con alguien para toda la vida.  Ante lo cual el Papa Pablo VI, exalta el testimonio de muchos matrimonios que a través de un amor total, humano, libre y sobre todo recíproco, se puede llegar a la fidelidad y al deseo de estar con esta persona hasta la muerte. Un amor conyugal con todas estas características es en sí, un amor fecundo. El cual se prolonga suscitando nuevas vidas, por lo que se está en orden a la procreación y la educación de los hijos, expresión de su amor y no de un error de cálculos o de la calidad de un preservativo, "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres"[6].
Del amor conyugal, surge la exigencia de una paternidad responsable, la cual es posible solo si los padres son conscientes de su misión, de la responsabilidad que asumen. La paternidad responsable en relación con lo biológico significa conocimiento y respeto de sus funciones, reconocer la dignidad del cuerpo de uno mismo y del otro, del poder de dar la vida, el descubrimiento de leyes biológicas que forman parte de la persona. En lo que respecta a lo psicosocial en lo que interviene también lo económico y lo físico, significa una deliberación generosa  de tener una familia, y sobre todo una familia numerosa. Por lo que la decisión puede estar motivada en circunstancias graves que pueden afectar la vida de la persona y en el respeto de la ley moral, concebir un nuevo nacimiento sin el deseo de una de las partes no es una paternidad responsable, sino más bien un acto egoísta, por lo que la decisión de evitar un nuevo nacimiento ya sea de manera parcial o definitiva, corresponde a la pareja y a la reciprocidad que haya en ellos, “La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia.”[7]  De esta forma una paternidad responsable lleva en si el reconocimiento de los deberes que se tiene para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad. Para con Dios en el cumplimiento cabal de sus mandamientos, el amor y el respeto a la vida, para consigo mismo porque esta responsabilidad también está en el respeto que se tiene al propio cuerpo, a la persona y el lugar que se tiene en la relación ya sea como sujeto o como simple objeto de goce. En lo familiar y social por las implicaciones de tener hijos, de educarlos, protegerlos y brindarles lo necesario para un sano desarrollo, lo cual afecta a la sociedad por lo que estos hacen parte de ella, se encuentran dentro de la dinámica social. Pero sobre todo, porque todo matrimonio debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Depende de los cónyuges el que se tengan futuros ciudadanos, que posean un sano desarrollo biopsicosocial y espiritual; es en la familia  donde se forman las futuras generaciones, los futuros líderes, gobernantes, los futuros  ciudadanos constructores o destructores de la sociedad, en las palabras de San Juan Bosco: hay que hacer buenos cristianos y honestos ciudadanos. Y esto solo es posible a través del acto conyugal, que hace apto a los esposos para la generación de nuevas vidas, sin la unión de los esposos en el acto sexual, no hay matrimonio, por ende no hay generación de nuevas vidas, es por tanto, cerrarse a los designios de Dios y al fruto del amor conyugal, es en sí mismo un acto egoísta.
El asumir una paternidad responsable en una sociedad capitalista y moderna, llevó a la Iglesia a interrogarse acerca del número de hijos que una familia debía tener, y esto surge de las constantes crisis económicas por las que pasaban muchos países. Las dificultades presentes en el acceso a la alimentación, vivienda, salud y educación, producto del encarecimiento de la vida, por tanto, aumento de la pobreza en la sociedad, representaba una dificultad para todo el occidente, en lo que respecta a la natalidad, específicamente en la regulación de la natalidad, sobre todo por la amenaza de  sobrepoblación.  Las dificultades por las que atraviesan los esposos en lo que respecta al número de  hijos, producto de las dificultades económicas, sociales y fisiológicas, representaban una problemática que exigía una pronta respuesta por parte de la Iglesia, en lo que respecta, a lo que los católicos, sin poner en riesgo su fe, debían afrontar estas dificultades. Es esto lo que pretende el Papa Pablo VI, en el final de su encíclica Humanae Vitae, dedicado especialmente a la regulación de la natalidad, aspecto fundamental en la vida familiar. La encíclica presenta, la posibilidad de acceder a la regulación, cuando esta no surge como un acto egoísta, irresponsable o maltratador por parte de los esposos o de terceros, por lo que condena la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto en el hombre como en la mujer, especialmente el aborto o todo proceso de interrupción del proceso generador ya iniciado, inclusive cuando se trata de un aborto querido  o procurado, aunque  sea por  razones terapéuticas; debido, a que la función primordial de la familia es la procreación y posterior educación de los hijos, por tanto la  familia debe estar abierta a la vida.  Es contrario a la doctrina católica, “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación”[8].
Pero entonces, ¿Qué es licito?, ¿En qué situaciones la Iglesia considera posible la regulación natal? La Iglesia reconoce como medios lícitos de regulación de la natalidad el  uso de los ritmos naturales y  los medios terapéuticos, solo cuando estos son verdaderamente necesarios, como cura a enfermedades orgánicas, siempre y cuando esta consecuencia de infecundidad no sea directamente querido, sino que sea un efecto del tratamiento, y no de la voluntad de la persona de no procrear. La necesidad de dar espacios a los nacimientos por causas  orgánicas o sociales, como enfermedades o crisis económica, lleva a  los esposos a  que de manera legítima, pueden hacer uso de los periodos infecundos, periodos naturales y que por tanto hacen parte del orden establecido por Dios, como un medio para no alterar ni ofender los principios morales.  Puede llegar a parecer contradictorio y quizás caprichoso, el hecho de la Iglesia, de condenar los métodos anticonceptivos y promover el uso de los ritmos naturales, para regular la natalidad.  Pero esta postura de la Iglesia está sostenida en  una diferencia esencial entre  estos dos medios. Primero los métodos anticonceptivos impiden el desarrollo de los procesos naturales, mientras que en el uso del ritmo los esposos se sirven de una disposición natural, que no impiden la procreación, sino que son periodos infecundos, en los que de forma natural, la mujer no queda embarazada, de esta forma no se busca detener el proceso, ni negar la posibilidad de que este se presente, sino que de forma legítima y natural los esposos pueden estar íntimamente sin que se llegue a la procreación, aunque esta puede llegar a  atentar  contra la vida,  cuando este medio se usa de forma egoísta negándose a la procreación, no se trata de que no se quiera tener hijos y por esto se unan solo cuando se es infecundo, lo cual sería igualmente un acto egoísta. La Iglesia justifica su uso en la necesidad que tienen los esposos de manifestarse el afecto y la mutua fidelidad a través del acto sexual, en los periodos agenésicos, no como un acto cerrado a la vida, sino como un acto fundamental en el amor y la vida conyugal.
Además, la encíclica resalta las consecuencias de las prácticas anticonceptivas, entre las cuales se encuentra el aumento de la infidelidad conyugal, la promiscuidad y la degradación general de la moralidad, en especial entre los jóvenes, en la posibilidad de acceder a los medios anticonceptivos, como camino fácil y rápido a la satisfacción sexual sin tener que asumir responsabilidades, lo que llevaría al hombre a perder el respeto por la mujer, llegando a considerarla como un simple objeto de satisfacción sexual, de goce egoísta, y no como sujeto, al que se le debe respetar y amar.
Todos estos aspectos que aborda la encíclica Humanae Vitae, ante la pérdida del respeto y la dignidad humana, ante la revolución sexual y la desmoralización y pérdida de los valores en la sociedad, afectan directamente a la familia y son aspectos fundamentales en la función primordial de la familia desde el catolicismo, pero también afecta a esta en la estructuración o desestructuración, por lo cual aunque muy pocas veces se menciona la palabra familia, y se abordan temas que aparentemente competen a la vida conyugal, no hay que olvidar que estas problemáticas se desarrollan en el seno de la familia; no hay familia sin cónyuges,  o sin hijos, no hay familia sin amor  conyugal, o sin paternidad. El surgimiento de estos planteamientos, de estas directrices presentadas por la Iglesia a finales de los años 60, responde a una realidad que vive la familia a nivel mundial, aun en nuestros días, y la familia colombiana no está exenta de esta realidad, de la crisis al interior de la familia, producto de causas externas, especialmente las económicas y bélicas, de la secularización y pérdida de los principios morales y sobre todo de la extinción de esta como célula básica de la sociedad, de la pérdida del respeto por la mujer, de su lugar en la sociedad, muchas veces generado por movimientos que de manera engañosa buscan la libertad femenina, llevan a las mujeres a presentarse ante la sociedad como simples objetos de goce, a través de la revolución sexual, llevándolas   a la promiscuidad y pérdida del respeto al cuerpo propio y del otro, todas estas problemáticas tan pasadas y actuales en la organización familiar, en la desestructuración y  extinción de la familia que aparece como una profunda crisis de forma y esencia en la familia  a nivel mundial, en la actualidad.


[1] PABLO VI, Papa. Carta Encíclica Humanae Vitae.  (Documento electrónico en línea): http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae_sp.html  Pág. 1.

[2] Ibíd.  pág. 3. 
[3] Ibíd.  pág. 3. 
[4] Ibíd.  Pág. 4. 
[5] Ibíd.  Pág. 4
[6] Ibíd. Pág. 4
[7] Ibíd.  Pág. 5
[8] Ibíd. Pág. 6.